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Es intuir, intentar tratar de intuir qué persona distinta y novedosa tengo delante. Se puede educar esencialmente de tres maneras diversas. Cada una es superior a la otra. La educación integral es la que no prescinde de ninguna de ellas, que de menos a más son: a) Simplemente enseñando técnicas o dando conocimientos, es decir, formando para la acción o formando la razón. b) Formar la entera esencia humana, es decir, todo aquello según lo cual dispone la persona, que es común a los demás hombres, por tanto, también la voluntad, y también las potencias inferiores, la memoria, la imaginación, etc., y, por supuesto, el cuerpo mismo. c) Ayudar a que la persona crezca como tal, no su esencia, sino ella misma. Para ello se requiere no sólo de una profunda amistad íntima con el educando, sino también de una apertura a Dios por parte del educador, que pregunta a Aquél en manos de quien está el ser que cada persona es, acerca de su ser, de su sentido irreductible, de su vocación y de su destino, y que tras conocerlo orienta íntegramente al educando para que su vida alcance su fin. Centra la actividad educativa en su fuente, en el núcleo personal en su apertura, también personal, a Dios. En este plano el crecimiento corre por cuenta de Dios (don de la gracia– incorporación a Cristo, etc.), aunque no sin contar con la libertad humana.